Todo Paisaje es ficción 2. Colección Fundación Caja Mediterráneo

Las ciudades de Miquel Navarro no están pobladas ni despobladas ya que no precisan habitantes para existir

Antonio Saura

La primera Ciutat de Miquel Navarro fue expuesta en 1974 en el Colegio de Arquitectos de Valencia. Desde entonces, el escultor se especializó en estas instalaciones, paisajes escultóricos compuestos por montajes de pequeños elementos variables en serie, construyendo así paisajes urbanos. En aparente contradicción, Navarro construye
ciudades como forma de hacer paisaje.

Y esta obsesión por la ciudad como materia plástica se explica desde su biografía. Miquel Navarro nace en Mislata, una ciudad cercana a Valencia con una gran extensión de huerta.

El artista fue testigo de la desaparición del paisaje rural conquistado poco a poco por la metrópoli, por la expansión urbana de la capital al tiempo que desaparecía al ritmo desenfrenado de la industrialización. La ciudad iba invadiendo el paisaje rural.

Desde los años 70, Miquel Navarro construye ciudades, pequeñas o grandes instalaciones que extienden, en superficie y a vista de pájaro, decenas, cientos o miles de piezas en madera, terracota, plomo, cinc o vidrio de distintos tamaños y que configuran un paisaje metafísico. Paisaje como reflexión del mundo que nos rodea pero también sobre nuestra propia mirada o forma de mirar ese mundo que nos rodea. Miquel Navarro ha sabido desarrollar una manera de aproximarse al fenómeno artístico extraordinariamente singular en el contexto de la escultura occidental contemporánea.

Miquel Navarro (Mislata, Valencia, 1945) es uno de los artistas españoles que trabajan y desarrollan nuevos preceptos de la escultura.

Miembro destacado de una generación que transformó la plástica escultórica y que se denominó Nueva Escultura Española junto a artistas como Juan Muñoz, Jaume Plensa, Susana Solano, Eva Lootz, Ángeles Marco, Cristina Iglesias, Txomin Badiola, Pello Irazu, Sergi Aguilar, etc…

Tras estudiar Bellas Artes en Valencia, Miquel Navarro inició su carrera como pintor, pero desde 1972 se dedica principalmente a la escultura, sin renunciar al dibujo y, en fecha mucho más reciente, a la fotografía.

En 1980 participa en la muestra colectiva New images from Spain, celebrada en el Museo Salomon R. Guggenheim de Nueva York que le dio a conocer en la escena internacional. En 1986 le fue concedido el
Premio Nacional de Artes Plásticas. La instalación de fuentes y esculturas públicas le han reportado un amplio renombre y el reconocimiento del público.

Miquel Navarro donó en 2005 al IVAM, Instituto Valenciano de Arte Moderno, procedentes de su propia colección personal, un total de 512 obras entre esculturas, pinturas, dibujos o cuadernos de artista. Los dibujos que aquí se presentan forman parte de esta colección.

Espacio de batalla, 2001
Aluminio y cinc
Instalación compuesta por 2500 piezas
Colección Fundación Caja Mediterráneo
Depósito en el MACA

Se trata de una de las Ciudades más significativas del artista valenciano por la dimensión y presencia que adquiere este Espacio de batalla. Se presentó por primera vez en 2002 en la galería Marlborough de Nueva York con gran éxito de crítica y público. Era la primera exposición individual del artista en la capital neoyorkina y en ella quería rendir homenaje a la ciudad tras el brutal atentado de las Torres Gemelas del 11 de septiembre.

El centro de la exhibición era esta instalación, Espacio de Batalla, compuesta por una serie de esculturas de aluminio y cinc de formas y tamaños que asemejan una fantástica ciudad en miniatura, mitad
urbe, mitad cementerio. Navarro nos propone percibir la ciudad desde lo alto, a modo de travelín, en una escala que convierte al hombre en gigante.

La instalación, de quince metros de largo, siete de ancho, y dos de altura, está compuesta por varias series de figuras geométricas de pequeñas dimensiones, organizadas en forma de bloques de casas, que también
podrían ser las lápidas pulidas y ordenadas en serie de un cementerio. Y se completa con algunos elementos de gran tamaño que semejan los rascacielos neoyorkinos. Un total aproximado de 2.500 piezas que, en rigurosa disposición, se extienden conformando pura creación poética entre arqueología y modernidad, una metáfora de la civilización destruida.

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