En las últimas pinturas informalistas se adivinan formas humanoides, rostros monstruosos configurados -a modo de collages o ensamblajes-, por una masa pictórica a la que se van incorporando nuevos materiales: anteojos, esferas de reloj, piezas de radio, tuercas, enchufes, bujías, cables, etc… Cabezas que se van encajando en escenarios urbanos, en ventanas o cajas que aprisionan a unos seres con patas o ruedas. Son los rotópedos, protagonistas absolutos de unas obras que crecen en tridimensionalidad para ahogar e incomunicar a estos seres contemporáneos, rehenes del progreso técnico. Títulos irónicos que hablan de la soledad del hombre arrollado por las mismas fuerzas que él ha creado, crítica de una sociedad donde todo está archivado y numerado, donde el hombre está cosificado, profundamente solo en el inmenso griterío del mundo en que vivimos.