Ana Teresa Ortega es Premio Nacional de Fotografía de 2020. El jurado reconoció a una de las artistas que más ha contribuido a hacer de la fotografía una forma de arte contemporáneo. Su obra está guiada por una voluntad indagatoria de los límites y posibilidades del medio fotográfico como lenguaje híbrido, que dialoga con la tridimensionalidad y en constante reflexión.
Su trabajo liberó a la fotografía de la función documental que hasta los setenta dominaba en el medio. Sus primeros trabajos experimentaron desde la retórica visual con el soporte y el uso del montaje, sobre todo con sus fotoesculturas de los años 90. En las primeras décadas de los 2000, Ortega entiende la fotografía como herramienta de construcción de la memoria e historia colectivas y sus imágenes invocan un tiempo otro en que el pasado olvidado y la historia que no fue, pueden comparecer.
Es lo que sucede en Pensadores (2002), donde el pensamiento sobre la herencia intelectual del siglo XX y su transmisión, se hacen imagen. A partir de un juego entre instalación y fotomontaje, se fotografían proyecciones de rostros de escritores sobre espacios arquitectónicos vacíos. Las imágenes muestran estos retratos, extraídos de enciclopedias, sobre fachadas, muros interiores, pasillos o en vanos de puertas y escaleras: el rostro agigantado de Walter Benjamin se corta en la esquina de una fábrica; la mirada de Ángel Valente se encuadra entre pilares de cemento; Joyce parece suspirar, meditabundo, largo como una persiana.
Las fotografías se tomaron en espacios suburbanos, porque hablan de un pensamiento en los márgenes, metáfora del confinamiento físico o psicológico que todos sufrieron. Se trata de pensar el exilio. No de hacer volver a quien se fue –quizá nunca estuvo presente–, sino de invocarlo en tanto que perdido. Y hacerlo a través de fotografías de fotografías proyectadas de una tercera fotografía que es el retrato enciclopédico, con una reflexión sobre la huella: las fotografías, en tanto que impronta de luz, son la huella y conforman el rastro de aquello exiliado en la memoria: un exilio de luz. Mirar la mirada de Valente, Joyce y Benjamin y pensar su huella. Como si el pasado no estuviera muerto. Como si ni siquiera fuera pasado.